¡El llanto del Orinoco!

 

    Imagen satelital del Delta del Orinoco desembocando en el Atlántico.

Curucuteando en mi estudio, en una agenda vieja, abundan anotaciones breves de situaciones vividas que en algún momento merecieron mi atención, y con el tiempo, cobran valor sirviendo de referencia. Es que a partir de MARZO1979, el destino me ofrece, en bandeja de plata, un novedoso campo de atención, desde el necesario e ineludible ejercicio profesional privado, el cual depara nuevas e inusitadas experiencia y aventuras, desde  mi empresa: Oficina Técnica de Ingeniería Forestal y del Ambiente, INFORAMB S.R.L, con sede en San Cristóbal Táchira, cuyo objeto es efectuar: estudios y asesorías en este amplio campo profesional,  mayoritariamente para el medio rural y llano venezolano.

Corre ENERO1981, cuando cubro un trabajo, al inicio de la temporada de verano, seco el ambiente, sol llanero calcinante en los confines del sur del Estado Barinas, vecino con el Estado Apure, río inmenso de por medio, donde son requeridos mis servicios. Navegando por el Río Suripá, desde Boca de Anaro, al sur de Pedraza La Vieja, hasta la desembocadura en el Río Apure. Como en general es todo el llano, desolado, grandes distancias de por medio,  difícil y penoso acceso, amplios espacio de tierras inhóspitas, con histórica ausencia total de servicios públicos, muy aislados ranchos con pisos de tierra y techos de palmas secas; ambiente ideal para el mal de Chagas (Chipo) y ranchitos pegados a un caminito veranero o a un curso de agua que irremediablemente se secará cuando el verano arrecie.

Dios y el destino, me han permitido el privilegio poco común de conocer, a lo largo y a lo ancho Venezuela. Desde la canoa con motor, que me sirve de transporte, se aprecian contadas casitas que algunas logran tener un puntillo, con una bomba de mano, para extraer agua del subsuelo mediante tubos que instalan a profundidades variables, hasta cien o mas metros, donde consiguen el nivel freático y así, resolver el grave problema del agua para las familias llaneras y el ganado.

A nuestro paso, los lugareños saludan en gesto de amistad; otros ofrecen quesos y algunos pescados. Desde pequeñas islas, que se han formado en medio del caudaloso río, manadas de chigüires, que allí pastan, asustados con el ruido del motor, se lanzan al agua con sigilo.

Llegamos a destino, cuando el sol se oculta, detrás del inmenso y silencioso Río Apure. Luego de algún apresurado refrigerio, queda tiempo sólo para descargar morrales, el termo de agua hervida, los instrumento de trabajo, a buen recaudo, y colgar de una vez, la hamaca con su infalible mosquitero, ya que la plaga insoportable, con zancudos de tamaño sorprendente, meten miedo. Una espiral de “Plagatox” bajo la hamaca, garantiza el sueño más tranquilo.

Antonio, el encargado del Fundo, que es locuaz y muy atento; sentado en su hamaca, responde con jocosidad y certeza, cuantas preguntas le formulo: La escuela más cercana, queda en Brusual y para ir allá, son dos días de camino. Hay otra en Palmarito, al otro lado del Río Apure, como diez leguas a pie de camino, “y mire que el camino es culebrero”. Mi compadre Miguel, cura el mal de ojo; para “picado de culebra”, son tres rezos. Menos mal que está aquí mismito, a media hora en bongo, río arriba. Así fue, al responderme todas las preguntas.

Cuando veníamos bajando el río en el bongo, a ambos lados vi candela, le dije. De inmediato me responde: es el remedio por aquí, para matar culebras, porque en el llano, “ganado que no muere de sed, la culebra no lo pela”. El fulano suero antiofídico, que usted mienta, mi señor, “no lo conocen”,  ni en el hospital de San Fernando. Así, poco a poco me fui enterando de la vida en el llano, “ancho y ajeno”, como dijo Gallegos.

Las sombras dominaron la sabana y Antonio, cansado del duro trajinar, se queda dormido, mientras con mi linterna, fui anotando las ideas principales de estas experiencias y en mi mente, se agolpan los contrastes entre las grandes ciudades y la Venezuela inhóspita.

Estoy a un lado de la confluencia donde el brioso e imponente Suripá, que desde el Parque Nacional “Sierra Nevada”, viene serpenteando el desnivel, para entregar aquí, delante de mí,  sus aguas al Río Apure, como lo hacen todos los ríos, que desde las Cordilleras Andina y de La Costa, vienen hacia el llano, y es precisamente aquí, donde ocurre el milagro, cuando el majestuoso Orinoco,  ya sereno, recibe al Río Apure por su margen izquierda, para conformar juntos y de común acuerdo, la AUTOPISTA DE AGUA DULCE,  más ancha, más larga y más profunda del planeta tierra, y a su lado en la llanura infinita, la mayor extensión de tierras aptas, para la agricultura y la ganadería, si se les suministra riego, en la Venezuela conocida, la que queda al norte de esta inconmensurable autopista de agua dulce, donde todavía las pocas vacas que se salvan de otras múltiples carencias, a su lado, se le mueren de sed.

Podemos deducir, que desde la Colonia, pasando por la Guerra de Independencia, las guerras federales entre hermanos,  las dictaduras, la democracia, hasta esta década, cuando ya se asoma el Siglo XXI, la cosa sigue igual, con el mayor atraso, sin que el llano venezolana haya  conocido el desarrollo.

Es que son más de cien mil metros cúbicos de agua dulce por segundo, que se van al Océano Atlántico, sin uso; cien millones de litros por segundo de agua dulce, que  perdemos en el Océano Atlántico, o como dijo el poeta: “los perdemos en la mar que es el morir”. Es de tal magnitud esta riqueza, que para entregarla al mar requiere más de un centenare de bocas gigantescas que conforman un Delta de miseria y abandono en el extremo Este de la Nación Venezolana.

Con mucha razón, el Orinoco, desde cuando nace arriba en los confines del Territorio  Amazonas con Brasil, brama como un toro bravo, hasta los raudales de Atures y Maipures, en Puerto Ayacucho, pero luego, en su lento y majestuoso recorrido, tal vez, presintiendo su triste destino, se hace lento, silencioso, cubriendo el desnivel hacia el Oriente, sabiéndose inútil y siendo humilde en su grandeza. Con estas cavilaciones y el monótono canto de un búho cercano, al final, concilio el sueño.

Dos días después, ya de regreso, por la carretera troncal cinco en el piedemonte andino, al salir de la Estación de Servicios en Socopó, Estado Barinas, la radio me dice la noticia: “en su rueda de prensa semanal de ayer jueves, el Presidente de la República, anuncia al País, que construirá un puente desde tierra firme hasta la Isla de Margarita. En mi silencio pienso, que, de verdad, Caracas está física y mentalmente muy lejos de la Venezuela adentro.

¡Así lo viví y así lo cuento!

José Moreno Zambrano.

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